Muestra de Arte en el Espacio Público
INTERVENCIONES 08
logotop
home proyectos taller programa guia de isora sponsors nosotros prensa
------------------------
Artistas/Artists
------------------------
Adrián Alemán
Nayari Castillo
Hassan Darsi
Drago Díaz
Mariela Limerutti
María Requena/
Israel Pérez
Martin Schmidt
Néstor Torrens
Rodrigo Yanes
------------------------

INTERVENIR, INTERPRETAR, INTERUMPIR
Sobre Intervenciones, I Muestra de Arte en Espacio Público de Guía de Isora

Alejandro Krawietz
públicado en el borrador, 19 de abril 2008

Hay más de un motivo para pensar que la reflexión, en verdad nunca interrumpida, sobre la presencia del arte en el espacio público ha sido una constante en Canarias al menos desde que en 1973 tuvieran lugar en Tenerife –animados por Eduardo Westerdahl y el Colegio de Arquitectos- la I Exposición Internacional de Escultura en la Calle y el I Simposio de Escultura en la Calle. Prueba de esa continuidad fue la celebración, un poco más de veinte años después, del II Simposio, no ya de escultura sino de arte -lo que ya es de por sí significativo en lo que tiene tal selección léxica de evolución conceptual- en la calle. Si dejamos al margen las especiales circunstancias de la evolución cultural del archipiélago, que permiten la vislumbre de un recurrente interés por el rastreo de los procesos modernos -tan relacionado, acaso, con la trayectoria vital del propio Westerdahl, siempre en los territorios de la modernidad concebida como experiencia inconclusa-, habría que buscar las razones de tal afición del espacio artístico insular por el espacio público en al menos tres actitudes reconocibles, y derivadas de la naturaleza especial de la presencia del arte en la calle.

En primer lugar, porque la calle es, precisamente, un punto de fricción intenso entre el arte como objeto -en el que la rotundidad (en sentido etimológico) es un fin- y el arte como reflexión - en el que el carácter de objeto de la obra es secundario, esto es, pretexto y no telos. Esta distinción no es totalizadora, pero sí altamente significativa, en cuanto que no excluye una opción sobre la otra pero sí modifica los términos de la relación de recepción en función del valor que se estime como predominante. Este enfrentamiento, que lo es entre el principio de contemplación y el principio de narratividad, es decir, entre visión y discurso, implica necesariamente un posicionamiento que remite a conceptos más generalizadores como los de modernidad y posmodernidad, en una ecuación según la cual la serie moderna incluiría los valores (no acaparables, no comercializables) de reflexión y contemplación y la serie posmoderna los valores (acaparables, comercializables) de objeto y narratividad. Lo que se decide, así pues, ante la presencia del arte en el espacio público, es la predominancia del valor ético-estético sobre el valor de mercado o viceversa, y, sobre todo, el valor general de un conocimiento por misterio en su enfrentamiento con un valor particular propio del conocimiento racional . Apostar por una muestra de arte en espacio público no supone, así pues, una toma de partido única entre los entornos de la modernidad o la posmodernidad, sino, más simplemente, situarse en la posición de tener que decidir, de tener que aventurar un juicio. Se trata de un ejercicio de situación. Por eso la discusión sobre el arte y su re-conquista del espacio común ha sido una constante del pensamiento artístico en Canarias; de algún modo esa incertidumbre es un modo de afirmación de lo insular, de la necesidad de volver -siempre- a pensarse otra vez.

En segundo lugar, el espacio público es el entorno del suceder y su complejidad es tal que no permite una simple ecuación equivalente entre ese espacio y el espacio propiamente artístico (o reservado a las artes) como el estudio, el museo o la galería. El espacio público es mucho más variable, y para poder obrar en él hay, para empezar, que considerarlo en toda su amplitud, sin restarle ni un ápice del espesor que le es propio. Llevar el arte hasta esa forma de afuera supone que la obra no sólo debe construirse a sí misma, sino también ofrecer las claves que posibilitan su recepción y la interpretación de la dislocación que produce en su enfrentamiento con el espacio abierto. De ahí que la discusión abierta en este apartado se encuentre situada en torno a la monumentalidad -la interpretación de la obra como un opositor absoluto del espacio común en beneficio de una determinada conmemoración- y la no monumentalidad -la interpretación de la obra como catalizadora del espacio común en beneficio de una determinada forma de reflexionar sobre el espacio. Canarias es una región que recibe, por vías muy diferentes -incluso radicalmente opuestas- , mucho "mundo". Ciudadanos europeos que vienen a disfrutar de las playas, de las montañas y del clima comparten el territorio con otros seres, parcialmente invisibilizados -pues sólo son traídos a los umbrales de lo existente en virtud de las modernas anécdotas dramáticas (el proceso mediático permite hablar en esos términos) que protagonizan- que provienen de zonas más pobres y ayunas de expectativas vitales. Cualquier reflexión sobre el afuera en ese territorio mixto pasa por una necesaria asunción de la complejidad extrema de ese territorio. Sacar el arte fuera del interior, abrigado o no, de la galería, supone sumirlo en una intemperie devoradora, de ahí la imantación de un discurso sobre el arte en el espacio público de las Islas desde el comienzo.

Por último, hay una motivación más sutil pero no menos importante que impele hacia ese diálogo sobre lo público en el arte. Lo podríamos cifrar en el pensamiento sobre lo insular, en la necesidad de un movimiento que va desde el reconocimiento del mundo hasta su lectura, interpretación, transformación y memorización. Se ha dicho ya que la diferencia entre el ser insular y el continental estriba en una necesidad de sentido, de autoconstrucción, de autoconciencia, que el primero posee y de la que el segundo puede o no prescindir. Es por eso por lo que en un espacio cultural como el de los últimos años, abonado a la autocomplacencia de un decadentismo chic, muy dulce y sin estridencias, no haya habido aportaciones de consideración desde las Islas. Quienes lo han intentado por esta vía posmoderna han fracasado, mientras que las aportaciones culturales más interesantes surgidas en el archipiélago han parecido transitar - pero no a través de una elección, sino irremediablemente- en un ámbito de contracorriente, no al margen, sino enfrente, de las dominantes culturales del país. Parece claro que la reflexión sobre el desarrollo de propuestas de intervenciones en el espacio público ha mantenido su vigencia en Canarias por medio de esa necesidad de pensarse, y autopensarse,
una y otra vez, del creador canario en el centro de su contexto.

La Muestra de arte en el espacio público que se está celebrando estos días en el municipio de Guía de Isora, y que lleva por título Intervenciones, entre memorias y expectativas, supone, en cierto modo, un paso más allá en el largo y fructífero proceso de reflexión sobre el arte en el espacio público que se ha llevado a cabo en las Islas. Se trata de un proyecto organizado por la Concejalía de Cultura del citado Ayuntamiento y comisariado por el artista Ralph Kistler, en el que se ha tratado de ofrecer una mirada, por fuerza parcial, sobre el amplio panorama de las intervenciones en el espacio artístico más actual. Han sido finalmente nueve las propuestas de intervención efímera sobre espacios seleccionados por los propios artistas tanto en el casco de Guía de Isora como en el núcleo costero de Playa de San Juan. La idea rectora, una meditación sobre la memoria y las expectativas, se ha resuelto, por parte de los creadores, en visiones muy diversas pero a la vez muy centradas sobre el juego de ese doble movimiento entre el pasado y el futuro en el marco de la más estricta contemporaneidad.

Uno de los aciertos de la selección realizada por Ralph Kistler ha estado en la internacionalidad de la propuesta, y en la búsqueda de artitas procedentes de lugares tan alejados como lo puedan estar Chile y Marruecos, Alemania y Venezuela, pero unidos por un lenguaje artístico, el de la intervención, concebido por todos ellos como una formula de reflexionar a partir de las herramientas artísticas sobre los enunciados principales del suceder del mundo.

Así, Hassan Darsi ha propuesto una intervención titulada El oro de África en la que ha forrado con vinilo dorado un buen número de los bloques de hormigón que componen el espigón de Playa de San Juan. La inclusión de una mirada quimérica en el mismo espacio que divide el fuera y el dentro, el lugar en el que se construye la muralla, el que a la vez que protege del mar defiende el interior, participa de los ecos de la mejor ironía, al mismo tiempo que construye una imagen de extraña radicalidad en el entorno de esa playa. El chileno Rodrigo Yanes ha situado en el corazón de Guía Casco, y en un solar no edificado, una bandera construida con ropas y utensilios de trabajo recopilados entre los inmigrantes que trabajan en las principales plantaciones y fincas de Aragón, en las que trabaja el propio artista. La idea de una bandera sin patria, sin estado y sin nación, integrada sólo por las ropas desgastadas de los invisibles posee un enorme contenido simbólico, pero también una fuerza desgarradora en lo que tiene que ver con la propia imagen, con la intervención en cuanto objeto. Mariela Limerutti, argentina, ha grabado conversaciones que gentes del interior de su país que o bien nunca han visto el mar o bien tienen relación con un mar memorizado a través de visitas fugaces a la costa continental. Esas conversaciones, en las que se habla precisamente de un mar soñado o recordado, se pueden escuchar ahora a lo largo del paseo de Playa San Juan, y se convierten, mediante la interacción con el espacio en una verdadera experiencia poética. Drago Díaz ha colocado en otro de los espigones de la nueva playa del núcleo costero tres grupos de sillas enfrentadas que componen una suerte de maquinaria para el diálogo, y Adrián Alemán ha ubicado sobre la extrema fachada de una casa entre el mar y la tierra un texto en el que se reflexiona sobre la insularidad, sobre el paisaje y sobre el lenguaje artístico. María Requena y Israel Pérez han trabajado con la idea de la migración interior, tan propia de las Islas, entre las medianías y las costas. Para ello han ubicado en varios locales vacíos del casco de Guía de Isora asteriscos de neón que llaman la atención sobre sí mismos y sobre su orfandad; la edición de una serie de postales con las fachadas de esas mismas tiendas vacías encendidas y repartidas entre los locales turísticos de la costa establecen una suerte de promoción radical del interior. Néstor Torrens ha practicado un agujero, una ventana, hacia los campos de plataneras que circundan el paseo de Playa San Juan, con la idea de hacer visible lo invisible, con la idea de construir una nueva forma de mirar hacia el entorno. Por su parte, el alemán Martin Schmidt, que posee una dilatada carrera en intervenciones en el espacio público, a creado una aleación entre las casas típicas del sur de Tenerife y los invernaderos, mediante seis cubos blancos que en cierto modo componen una surte de logo, de imagen resumen y de símbolo del sur. Por último la venezolana Nayari Castillo con su obra Capilla para las ánimas de la octava isla hace un homenaje a la emigración hacia Venezuela mediante la construcción, en la céntrica plaza de Garachico, de una pequeña casita, a modo de capilla, en la que ha depositado una colección de corchos, boyas y flotadores recogidos a lo largo de meses de entre los depositados en las playas venezolanas por las corrientes.

La muestra se completa con una taller, realizado en colaboración con la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de La Laguna, en el que el doctor Horst Hoheisel reconocido artista plástico y uno de los fundadores del movimiento de la no-monumentalidad, reflexiona con estudiantes y profesores de diversas disciplinas en torno a la posibilidad de un anti-monumento dedicado a los desaparecidos de la Guerra Civil.