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INTERVENIR,
INTERPRETAR, INTERUMPIR
Sobre Intervenciones, I Muestra de
Arte en Espacio Público de Guía de Isora
Alejandro
Krawietz
públicado
en el borrador, 19 de abril 2008
Hay más
de un motivo para pensar que la reflexión, en verdad
nunca interrumpida, sobre la presencia del arte en el espacio
público ha sido una constante en Canarias al menos
desde que en 1973 tuvieran lugar en Tenerife –animados
por Eduardo Westerdahl y el Colegio de Arquitectos- la I Exposición
Internacional de Escultura en la Calle y el I Simposio de
Escultura en la Calle. Prueba de esa continuidad fue la celebración,
un poco más de veinte años después, del
II Simposio, no ya de escultura sino de arte -lo que ya es
de por sí significativo en lo que tiene tal selección
léxica de evolución conceptual- en la calle.
Si dejamos al margen las especiales circunstancias de la evolución
cultural del archipiélago, que permiten la vislumbre
de un recurrente interés por el rastreo de los procesos
modernos -tan relacionado, acaso, con la trayectoria vital
del propio Westerdahl, siempre en los territorios de la modernidad
concebida como experiencia inconclusa-, habría que
buscar las razones de tal afición del espacio artístico
insular por el espacio público en al menos tres actitudes
reconocibles, y derivadas de la naturaleza especial de la
presencia del arte en la calle.

En primer
lugar, porque la calle es, precisamente, un punto de fricción
intenso entre el arte como objeto -en el que la rotundidad
(en sentido etimológico) es un fin- y el arte como
reflexión - en el que el carácter de objeto
de la obra es secundario, esto es, pretexto y no telos. Esta
distinción no es totalizadora, pero sí altamente
significativa, en cuanto que no excluye una opción
sobre la otra pero sí modifica los términos
de la relación de recepción en función
del valor que se estime como predominante. Este enfrentamiento,
que lo es entre el principio de contemplación y el
principio de narratividad, es decir, entre visión y
discurso, implica necesariamente un posicionamiento que remite
a conceptos más generalizadores como los de modernidad
y posmodernidad, en una ecuación según la cual
la serie moderna incluiría los valores (no acaparables,
no comercializables) de reflexión y contemplación
y la serie posmoderna los valores (acaparables, comercializables)
de objeto y narratividad. Lo que se decide, así pues,
ante la presencia del arte en el espacio público, es
la predominancia del valor ético-estético sobre
el valor de mercado o viceversa, y, sobre todo, el valor general
de un conocimiento por misterio en su enfrentamiento con un
valor particular propio del conocimiento racional . Apostar
por una muestra de arte en espacio público no supone,
así pues, una toma de partido única entre los
entornos de la modernidad o la posmodernidad, sino, más
simplemente, situarse en la posición de tener que decidir,
de tener que aventurar un juicio. Se trata de un ejercicio
de situación. Por eso la discusión sobre el
arte y su re-conquista del espacio común ha sido una
constante del pensamiento artístico en Canarias; de
algún modo esa incertidumbre es un modo de afirmación
de lo insular, de la necesidad de volver -siempre- a pensarse
otra vez.
En segundo
lugar, el espacio público es el entorno del suceder
y su complejidad es tal que no permite una simple ecuación
equivalente entre ese espacio y el espacio propiamente artístico
(o reservado a las artes) como el estudio, el museo o la galería.
El espacio público es mucho más variable, y
para poder obrar en él hay, para empezar, que considerarlo
en toda su amplitud, sin restarle ni un ápice del espesor
que le es propio. Llevar el arte hasta esa forma de afuera
supone que la obra no sólo debe construirse a sí
misma, sino también ofrecer las claves que posibilitan
su recepción y la interpretación de la dislocación
que produce en su enfrentamiento con el espacio abierto. De
ahí que la discusión abierta en este apartado
se encuentre situada en torno a la monumentalidad -la interpretación
de la obra como un opositor absoluto del espacio común
en beneficio de una determinada conmemoración- y la
no monumentalidad -la interpretación de la obra como
catalizadora del espacio común en beneficio de una
determinada forma de reflexionar sobre el espacio. Canarias
es una región que recibe, por vías muy diferentes
-incluso radicalmente opuestas- , mucho "mundo".
Ciudadanos europeos que vienen a disfrutar de las playas,
de las montañas y del clima comparten el territorio
con otros seres, parcialmente invisibilizados -pues sólo
son traídos a los umbrales de lo existente en virtud
de las modernas anécdotas dramáticas (el proceso
mediático permite hablar en esos términos) que
protagonizan- que provienen de zonas más pobres y ayunas
de expectativas vitales. Cualquier reflexión sobre
el afuera en ese territorio mixto pasa por una necesaria asunción
de la complejidad extrema de ese territorio. Sacar el arte
fuera del interior, abrigado o no, de la galería, supone
sumirlo en una intemperie devoradora, de ahí la imantación
de un discurso sobre el arte en el espacio público
de las Islas desde el comienzo.

Por último,
hay una motivación más sutil pero no menos importante
que impele hacia ese diálogo sobre lo público
en el arte. Lo podríamos cifrar en el pensamiento sobre
lo insular, en la necesidad de un movimiento que va desde
el reconocimiento del mundo hasta su lectura, interpretación,
transformación y memorización. Se ha dicho ya
que la diferencia entre el ser insular y el continental estriba
en una necesidad de sentido, de autoconstrucción, de
autoconciencia, que el primero posee y de la que el segundo
puede o no prescindir. Es por eso por lo que en un espacio
cultural como el de los últimos años, abonado
a la autocomplacencia de un decadentismo chic, muy dulce y
sin estridencias, no haya habido aportaciones de consideración
desde las Islas. Quienes lo han intentado por esta vía
posmoderna han fracasado, mientras que las aportaciones culturales
más interesantes surgidas en el archipiélago
han parecido transitar - pero no a través de una elección,
sino irremediablemente- en un ámbito de contracorriente,
no al margen, sino enfrente, de las dominantes culturales
del país. Parece claro que la reflexión sobre
el desarrollo de propuestas de intervenciones en el espacio
público ha mantenido su vigencia en Canarias por medio
de esa necesidad de pensarse, y autopensarse,
una y otra vez, del creador canario en el centro de su contexto.
La Muestra
de arte en el espacio público que se está celebrando
estos días en el municipio de Guía de Isora,
y que lleva por título Intervenciones, entre memorias
y expectativas, supone, en cierto modo, un paso más
allá en el largo y fructífero proceso de reflexión
sobre el arte en el espacio público que se ha llevado
a cabo en las Islas. Se trata de un proyecto organizado por
la Concejalía de Cultura del citado Ayuntamiento y
comisariado por el artista Ralph Kistler, en el que se ha
tratado de ofrecer una mirada, por fuerza parcial, sobre el
amplio panorama de las intervenciones en el espacio artístico
más actual. Han sido finalmente nueve las propuestas
de intervención efímera sobre espacios seleccionados
por los propios artistas tanto en el casco de Guía
de Isora como en el núcleo costero de Playa de San
Juan. La idea rectora, una meditación sobre la memoria
y las expectativas, se ha resuelto, por parte de los creadores,
en visiones muy diversas pero a la vez muy centradas sobre
el juego de ese doble movimiento entre el pasado y el futuro
en el marco de la más estricta contemporaneidad.

Uno de
los aciertos de la selección realizada por Ralph Kistler
ha estado en la internacionalidad de la propuesta, y en la
búsqueda de artitas procedentes de lugares tan alejados
como lo puedan estar Chile y Marruecos, Alemania y Venezuela,
pero unidos por un lenguaje artístico, el de la intervención,
concebido por todos ellos como una formula de reflexionar
a partir de las herramientas artísticas sobre los enunciados
principales del suceder del mundo.
Así,
Hassan Darsi ha propuesto una intervención titulada
El oro de África en la que ha forrado con vinilo dorado
un buen número de los bloques de hormigón que
componen el espigón de Playa de San Juan. La inclusión
de una mirada quimérica en el mismo espacio que divide
el fuera y el dentro, el lugar en el que se construye la muralla,
el que a la vez que protege del mar defiende el interior,
participa de los ecos de la mejor ironía, al mismo
tiempo que construye una imagen de extraña radicalidad
en el entorno de esa playa. El chileno Rodrigo Yanes ha situado
en el corazón de Guía Casco, y en un solar no
edificado, una bandera construida con ropas y utensilios de
trabajo recopilados entre los inmigrantes que trabajan en
las principales plantaciones y fincas de Aragón, en
las que trabaja el propio artista. La idea de una bandera
sin patria, sin estado y sin nación, integrada sólo
por las ropas desgastadas de los invisibles posee un enorme
contenido simbólico, pero también una fuerza
desgarradora en lo que tiene que ver con la propia imagen,
con la intervención en cuanto objeto. Mariela Limerutti,
argentina, ha grabado conversaciones que gentes del interior
de su país que o bien nunca han visto el mar o bien
tienen relación con un mar memorizado a través
de visitas fugaces a la costa continental. Esas conversaciones,
en las que se habla precisamente de un mar soñado o
recordado, se pueden escuchar ahora a lo largo del paseo de
Playa San Juan, y se convierten, mediante la interacción
con el espacio en una verdadera experiencia poética.
Drago Díaz ha colocado en otro de los espigones de
la nueva playa del núcleo costero tres grupos de sillas
enfrentadas que componen una suerte de maquinaria para el
diálogo, y Adrián Alemán ha ubicado sobre
la extrema fachada de una casa entre el mar y la tierra un
texto en el que se reflexiona sobre la insularidad, sobre
el paisaje y sobre el lenguaje artístico. María
Requena y Israel Pérez han trabajado con la idea de
la migración interior, tan propia de las Islas, entre
las medianías y las costas. Para ello han ubicado en
varios locales vacíos del casco de Guía de Isora
asteriscos de neón que llaman la atención sobre
sí mismos y sobre su orfandad; la edición de
una serie de postales con las fachadas de esas mismas tiendas
vacías encendidas y repartidas entre los locales turísticos
de la costa establecen una suerte de promoción radical
del interior. Néstor Torrens ha practicado un agujero,
una ventana, hacia los campos de plataneras que circundan
el paseo de Playa San Juan, con la idea de hacer visible lo
invisible, con la idea de construir una nueva forma de mirar
hacia el entorno. Por su parte, el alemán Martin Schmidt,
que posee una dilatada carrera en intervenciones en el espacio
público, a creado una aleación entre las casas
típicas del sur de Tenerife y los invernaderos, mediante
seis cubos blancos que en cierto modo componen una surte de
logo, de imagen resumen y de símbolo del sur. Por último
la venezolana Nayari Castillo con su obra Capilla para las
ánimas de la octava isla hace un homenaje a la emigración
hacia Venezuela mediante la construcción, en la céntrica
plaza de Garachico, de una pequeña casita, a modo de
capilla, en la que ha depositado una colección de corchos,
boyas y flotadores recogidos a lo largo de meses de entre
los depositados en las playas venezolanas por las corrientes.
La muestra
se completa con una taller, realizado en colaboración
con la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de La Laguna,
en el que el doctor Horst Hoheisel reconocido artista plástico
y uno de los fundadores del movimiento de la no-monumentalidad,
reflexiona con estudiantes y profesores de diversas disciplinas
en torno a la posibilidad de un anti-monumento dedicado a
los desaparecidos de la Guerra Civil.

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